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“Robó pero hizo” por Jonhder Vargas César.

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La sociedad venezolana está preñada de mitos y distorsiones y es analfabeta de civismo. Siendo tratada como masa y no como ciudadanía, desarrolló el aberrante concepto de lo público que nos metió en el túnel sin salida pomposamente bautizado como Socialismo del Siglo XXI, cuyo resultado ha sido la devastación sin precedentes de un Estado contemporáneo. Con la aguda descomposición del país, quedaron como nunca al descubierto, las raíces culturales de la desgracia, tan robustas, tan profundas, que siguen siendo el principal obstáculo para remontar la crisis.

Fenómenos penosos y diluyentes tales como Chávez y el chavismo, la popularidad de Lacava o la actual fascinación de un segmento generacional por los capos del narcotráfico o por los líderes de la delincuencia común, no hubieran podido ser en un contexto de madurez política en la que el ciudadano comprende que la función pública es un servicio sometido a la regulación estricta del modelo institucional y que los partidos políticos y su dirigencia, necesarios para el funcionamiento democrático, no son dueños ni del Estado ni de la gente, ni pueden convertirse en “mediadores de favores” y mucho menos en proveedores de un continuo show mediático para el entretenimiento. Más importante aún resulta la comprensión, de que las obras y resultados positivos de la gestión de Presidentes, Gobernadores o Alcaldes, no son regalos, ni graciosas concesiones, ni constituyen un certificado de rectitud ni de bondad: cualquiera de esos logros son obligaciones cumplidas de una administración eficiente y si no son alcanzados merecen sanción si es que hubo desvíos y delitos.

El modelo de país que desde 1958 fomentó los vicios para construir los beneficios de castas cerradas, hizo todo lo que pudo para preservar la noción casi feudal del ejercicio del poder, mientras se convertía a la Nación en poco más que un fondo necesario y los partidos y sus figuras acaparaban el juego político y hacían del Estado la herramienta perfecta para la manipulación y para el enriquecimiento sin causa.

Los defensores de este modelo suelen presentar listas de obras públicas construidas o culminadas en este período y las presentan como un éxito innegable, como si el país les debiera eterna admiración por algo que no sólo era deber de las administraciones de entonces, sino que también nos lleva a preguntarnos por qué no se hizo más en 40 años de dominio partidista y contando con ingentes recursos. El chavismo ni fue una casualidad ni un simple bache, fue sí la consecuencia y culminación del circuito de vicios macerado por cuatro décadas, así que Hugo Chávez consiguió la estructura y el ámbito social necesarios para llevar al extremo, su proyecto demencial de despilfarro, miseria y muerte.

Tan poderosa ha sido la programación cultural socialista, que hoy, con la evidencia de la ruina del país, después de miles de muertos, de millones de desterrados y de la perenne angustia de la incertidumbre, a pesar de todo ello, hay todavía quién recuerda de forma romántica a la infamia adecocopeyana porque “robaban pero hacían” o que justifican cada payasada de Lacava porque, además de “simpático”, “hace”, más allá de que no hay plan de gobierno, ni contraloría, ni transparencia pública. ¿Se entiende por qué hay un importante sector de la juventud que admira al capo y que quiere ser como el pran? Porque crecieron oyendo la apología del robo y de la corrupción, porque han crecido en una sociedad de cómplices, porque saben que el carnet (ayer del partido y hoy de la “patria”) puede ser la llave para obtener dádivas y beneficios.

Aunque suele decirse que somos un país sin memoria, lo más grave es que somos un país sin sentido de la Política y del compromiso moral que supone y no vamos a evolucionar hasta que derribemos el entramado socialista, el rojo y el azul. ¿Podremos?


Autor: Jonhder Vargas César

Abogado Especialista en Derecho Constitucional.

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